Prólogo Del Autor
Pongo este poemario en tus manos, muchos años
de ausencia y silencio.
Cerré la puerta de tu casa blanca, con mi alma
separada de mi cuerpo, cerré mis ojos para no dejar
pasar un torrente, que cada mañana divisaba galopando,
en mañanas mojadas por el oleaje que baña las costas de las
hermosas playas de Huite y Caucahué.
Muchos años pasaron, pero confieso que sentí tus pasos
que corrian a buscarme. ¿Como era posible que tanta ternura se
crucificara con la llegada del setenta y tres?
No niego que me aterraba la idea de estar siempre a tu lado,
si aún ese tiempo andaba caminando por todos los rincones
de este hemisterio,
en busca de lo que hoy creo haber concontrado.
Recuerdo que un día de mi partida hacía frío, mucho frío,
que sólo existe donde los dos océanos se besan eternamente,
la negra bufanda que me regalaste, con ese olor a corderito,
me acompaño todas las tardes, y los años, en muchas
esquinas de Estocolmo, pero nunca llegaste.
Ese día de mi partida se transformó en cordel que me
presionaba el cuello, Pero tenía que marcharme y no podía evitarlo.
Sentí la sensación de alejarme de un cementerio sin muertos,
con tierra fresca. Allí sepulté mis sentimientos y también mis amores.
Pero hoy no estás conmigo, en este recuerdo, durante este
tiempo, muchos espacios quedaron suspendidos en el aire.
Cuando tenía ocación, miraba hacia el Sur al Polo Sur,
hacia la tierra del gran hombre, de este hombre diferente,
genio de la literatura chilena.
Francisco Coloane C, el que nutrió mi vida en las soledades
de esa tierra escandinava,por intermedio de sus relatos,
cuentos, historias místicas y trágicas, donde la Pincoya,
el Trauco y el caleuche forman parte de sus relatos.
A él doy gracias, por no olvidar estos confines, donde
el agua, los vientos, las olas, gimen y lloran por ser ellos
los testigos de la muerte de los Onas.
Retorné para reencontrarme con tu mirada de viento
y tus caricias sin sombra.
Hoy confieso que mi alma era más grande que mi cuerpo,
y por muchos años vi el ocaso de la tierra, de esta tierra, chilota,
donde tenemos el derecho de vivir y morir en paz, recuerdos,
ilusiones que entran y salen de algo tan abstracto como el alma,
recuerdo Presidente muerto, y en mi nueva patria
Olof Palme asesinado, injusticias, demencias, cárcel cementerios,
destierros y retornos.
Atravezamos océanos, otra vez el ocaso de la tierra y otra
vez la nieve y la escarcha que azota los rostros de otros refugiados;
mantos blancos cubren las praderas, y los árboles se visten
como si estuvieran de novios; el paisaje se repite a pesar que
el polo no es el mismo y él no está abajo sino arriba,
no es el sur sino el norte, no son praderas, son estepas,
es por eso que les digo que mi alma no se ha acostumbrado
a estas confuciones, sólo tu amor hizo real este libro.
JOSE ESTAY JELDRES.